domingo, agosto 05, 2007

Canon

A la hora de elaborar un discurso estarían, por una parte, los que generalizan, y por otra, los que dicen ser detractores de toda posible generalización.

En estas circunstancias existe una cantidad importante de intelectuales que cuando pueden renuncian del canon, de cualquier canon; esto es, de la idea de canon, de la idea de “autores canónicos” y de “obra canónica”. Los argumentos, claro, siempre deambulan alrededor de dos conceptos fundamentales: la negación de una Verdad (la que elabora el canon) y la defensa de la Libertad que reivindica la particularidad de todo sujeto expectante. Harold Bloom al paredón.

Así, según los detractores del canon, no existe criterio que pueda ser universal y por tanto toda experiencia estética se encuentra abocada a no ser nada verificable. Todo se correspondería con una simple cuestión de gusto, y ya sabemos lo que se dice del gusto y los colores. Por lo tanto, con independencia de que el gusto (de cada cual) pueda o no comunicarse sabemos, siempre según los detractores, que no hay otra cosa que eso, el gusto. Las “presencias reales” de Steiner al desguace.

A lo mejor se trata de una casualidad, pero todos esos detractores del canon son, o profesores universitarios o críticos literarios -en la medida en que hablan de libros concretos y escritores concretos. En cualquier caso escriben libros, imparten clases, dan conferencias y publican columnas de opinión.

A lo mejor es una casualidad, pero todos ellos escriben libros para que estos puedan ser considerados buenos e importantes (y si pudieran, incluso necesarios), imparten clases que exigen un determinado nivel de conocimientos en el alumnado -un nivel de conocimientos que a su vez demuestre la validez de la nota (im)puesta-, dan conferencias y publican columnas porque aspiran a ejercer cierta influencia a través de la cualificada bondad de sus discursos orales y escritos.

A lo mejor me equivoco, pero sería posible que a los detractores del canon no les mereciera mucha credibilidad alguien (¿) que prefiriera una novelita de Lafuente Estefanía o de Corín Tellado a una de la suyas. Y digo “credibilidad” porque no dudo de que sí les merecerían simpatía todos aquellos (¿) que expresaran rechazo ante una de sus novelas. Rechazo expresado, lógicamente, en función sólo del gusto personal.

A lo mejor es casualidad, pero son los detractores del canon los que suelen ser detractores de toda posible generalización. Son precisamente los que rechazan toda afirmación que pudiera parecer categórica quienes rechazan frontalmente la naturaleza del canon, que no es otra que la de fundamentar la calidad en base a unos criterios, criterios que, por otra parte, son los mismos que fundamentan toda apreciación de calidad realizada al margen del canon, o al margen de su creencia en él. O sea, los que rechazan el canon por principios usan los principios del canon. Y además lo hacen inevitablemente.

Como si el hecho de cualificar, destacar o elogiar, no tuviera nada que ver con un juicio de valor que sólo existe en la medida en la que hay referentes. Como si pudiera aprobarse al alumno que dijera que nada hay que aprender una vez aceptado que todo se fundamenta en el gusto personal, y que por tanto no tiene sentido estudiar a los autores que han sido impuestos por el gusto de no se sabe muy bien quién. Como si le fuera posible dar conferencias y escribir columnas en periódicos a alguien que no ha demostrado una cierta solvencia literaria, solvencia vinculada a unos inevitables criterios de calidad, unos criterios que necesariamente existen en función de unos referentes cotejables. Como si lo inductivo y lo deductivo no fueran dos formas de lo mismo en función de una posible generalización.

Así, lo de realizar o no una lista de los 40 principales no es, ni más ni menos, que llevar a cierto límite lo que no es sino práctica común a TODOS los que expresan opinión desde la tribuna, es decir común a todos los que dictan juicios de valor sobre obras literarias en los medios de formación de masas.

A lo mejor es casualidad, pero los detractores del canon y de las generalizaciones han demostrado ser, como hemos visto, mucho más fundamentalistas que quienes interpretan las listas de la manera en las que les vienen en gana; mucho más fundamentalistas que quienes interpretan las listas en función de unos intereses que no desprecian las referencias como Forma inevitable de Conocimiento.

Quien ha leído a Francis Haskell sabe que ser prudente y cauto a la hora de juzgar el gusto de una Época no está reñido con las listas, que no son sino una versión extensiva de la creencia en la excelencia. Otra cosa sería no creer en excelencia alguna. Entonces, sólo entonces, podríamos mandar el canon a tomar por saco.

Nota. Todo viene a cuento de un artículo publicado recientemente en un suplemento cultural. El autor, una vez más, se manifestaba detractor del canon y se posicionaba en pro de una democrática Libertad en defensa del gusto personal. Todo muy bonito por cuanto se posicionaba, supongo que sin percatarse, en la Pura Demagogia. Lo que no era de prever durante toda su argumentación a la contra del canon (3/4 partes del artículo en cuestión) era que lo que le movía a escribir sobre él. Así, el motivo de este panfleto a la contra era que había sido contratado para “elaborar un canon, en compañía de una serie de críticos, eruditos y escritores...” Pues bien, dejando al margen la naturaleza de la enumeración del elenco de expertos, sólo nos cabe pensar que él ha sido elegido debido a su solvencia literaria demostrada, una solvencia que se fundamenta, seguro, en su capacidad de juicio, un juicio que se fundamenta, seguro, en un criterio plagado de referencias, referencias que han necesitado ser defendidas en función de un criterio concreto, el de calidad literaria, un criterio que requiere ser verificado para poder existir. Un criterio que existe, sólo, gracias al canon, con todos los matices que se quieran aportar al respecto.

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